miércoles, 9 de febrero de 2011

Los mayores fraudes científicos de la historia

La fama y el dinero que puede conllevar un gran descubrimiento científico son merecidos en la gran mayoría de los casos, pero a veces, el poder ciega a algunas personas, ya que a lo largo de toda la historia ha habido bastantes fraudes y engaños en el campo de la ciencia, siendo estos los más famosos:

10. Jan Hendrik Schön. Este físico alemán llevaba un ascenso meteórico en su carrera, ya que a sus 32 años había sido capaz de que le publicasen 5 artículos en la revista Science y 7 en Nature, entre otras importantes publicaciones, además de que fue candidato al premio Nobel de física. La razón no era otra que aseguraba haber obtenido un transistor compuesto de una simple molécula de un tipo de benceno, con las aplicaciones que esto podrían suponer, como la posibilidad de producir láseres orgánicos mucho más baratos que los que emplean actualmente nuestros reproductores de CD o DVD, entre otras muchas. Pues en el año 2002, se le descubrió que no solo no había obtenido ese transistor, sino que se había inventado los resultados en más de 60 investigaciones.

9. El Gigante de Cardiff.  Fue un fraude realizado en el año 1869, perpetrado por el estanquero George Hull, que mandó tallar una figura humana de tres metros y diez centímetros de altura a partir de un bloque de yeso, para luego enterrarlo y hacerlo descubrir por un constructor de pozos. Pero no solo George Hull fue el mentiroso en esta historia, ya que el famoso empresario y artista circense P.T. Barnum intentó comprar el gigante por 60.000 $. Como no consiguió realizar la compra, encargó una réplica del gigante, afirmando que el original en realidad se trataba de un timo, e intentando hacer pasar su gigante por el verdadero. Finalmente, se descubrió el engaño al encontrarse marcas de cincel en las dos esculturas.
Este hecho es parodiado en un capítulo de Los Simpsons.

8. Charles Redheffer. Este estadounidense ganó grandes sumas de dinero en Filadelfia con su supuesto motor de movimiento perpetuo, llevándolo un año después, en 1813 a Nueva York , donde cientos de personas pagaron un dólar por entrada (de la época) para verlo.
En mitad de la exposición, algunos escépticos removieron algunas tablas de madera y encontraron una especie de polea que atravesaba una pared y llegaba al ático del edificio, donde un anciano daba vueltas a un cigüeñal con una mano, mientras que con la otra, comía un pedazo de pan.

7. Johann Behringer. Durante años, desde 1726, este profesor de ciencias de la Universidad de Wurzburg (Alemania) recogió de debajo de la tierra decenas de restos con formas peculiares que, en su opinión, eran piedras talladas por el propio Dios cuando experimentaba con los tipos de vida que pensaba crear.
La sorpresa creció cuando dos ayudantes del profesor empezaron a encontrar nuevas muestras que confirmaban las tesis beringenianas. Aparecieron peces con cara de ave, piedras con soles y estrellas, y algunas cinceladas con la palabra Jehová. Todo esto supuso una gran conmoción a nivel internacional, y enseguida Berlinger fue el foco de atención en el mundo de la ciencia.
Muchos geólogos tacharon de embaucador al profesor de Wurzburg pero él insistía en sus visionarias apreciaciones, apoyado por la complicidad de sus ayudantes.
Cuando varios años después se llevó a cabo una ivestigación exhaustiva, uno de los colaboradores del profesor lo confesó todo: aquellas peculiares pruebas del trabajo divino habían sido talladas por lo dos asistentes. El pobre Berigner, víctima de un engaño cruel, dedicó el resto de sus días a comprar y quemar todos los ejemplares de sus fraudulentas obras.

6. La Tribu Tasaday. En 1972, el gobierno de Filipinas anunció al mundo que había hecho un descubrimiento insólito: en unas islas al sur del país, en los bosques de Mindanao, había aparecido una tribu, los Tasaday, los cuales nunca habían tenido contacto con el mundo. No sólo los antropólogos de todo el mundo mostraron interés por la tribu y fueron a visitarla, sino también periodístas, curiosos e incluso excursiones infantiles. Los tasaday eran veintiséis individuos que vivían en cuevas y se alimentaban de frutas y pequeños animales. No cazaban ni criaban animales, entre otras muchas cosas que no hacían también podemos encontrar el calcular el tiempo, metales, arte, armas, domesticación y otras actividades de la civilización les eran completamente desconocidas. Ni siquiera habían visto el mar. El gobierno de Ferdinand Marcos estableció en la región una reserva de 187 kilómetros cuadrados para protegerlos. En 1986, un mes después de la caída del gobernador, un periodista suizo, Oswald Iten, llegó hasta la tribu y se encontró con la sorpresa de que las cuevas estaban desiertas y los llamados Tasaday vivían en cabañas, usaban cuchillos de metal y en lugar de las ropas hechas de hojas de orquídea vestían camisetas de colores. Los nativos contaron a este periodista que Marcos les había ofrecido dinero y armas a cambio de hacerse pasar por una tribu primitiva.

5. Shinichi Fujimura. Parecía que este arqueólogo japonés tenía un don especial para encontrar hallazgos espectaculares, ya que por que donde Fujimura cavaba, allí encontraba algún resto de miles de años de antigüedad, que además, según creían muchos adelantaba la aparición del ser humano en Japón en varios miles de años de lo que se ha especulado siempre. Por su ‘gran habilidad’ para encontrar las cosas sus compañeros le apodaban nada más y nada menos como “La mano de Dios”.
Todo le iba bien a este arqueólogo hasta que un día unos periodistas decidieron seguirlo y descubrieron su truco. Para ese tiempo Fujimura era un prestigioso arqueólogo, que había excavado en 180 yacimientos paleolíticos en la isla. Sin embargo, el 22 de octubre de 2000 a las seis de la mañana unos reporteros del diario Mainichi Shimbun le grabaron y fotografiaron mientras escondía en su yacimiento los fósiles que horas después "descubriría". Fujimura no tuvo más opción que confesar que había falsificado, según dijo él, sólo parte de los hallazgos, pero pronto reveló que todos sus descubrimientos eran falsos.


4. The Sun. A finales del 1835, este periódico publicó una serie de artículos atribuidos al científico John Herschel, en los cuales se decía que había inventado un gran telescopio capaz de llegar su visión a la Luna, comentándose en esos artículos que se habían avistado en nuestro satélite vastos bosques, cráteres, grandes lagos, océanos y playas. Los lectores podían también conocer que manadas de bisontes pastaban por las llanuras de la Luna, que unicornios azules se paseaban por sus cumbres o que unas criaturas anfibias de forma esférica rodaban por sus playas. La fauna lunar no sólo se limitaba a estas criaturas, también contaba con pelicanos, cangrejos, cebras etc.
Cuando toda la ciudad hablaba de estos descubrimientos, aún quedaba la revelación final, , el descubrimiento de una tribu primitiva de humanoides peludos y con alas que vivían en perfecta harmonía en torno a un templo de tejado dorado. Herschel los llamaría “vespertilio-homo”, hombre murciélago. En números posteriores se fueron ofreciendo más detalles de este Templo Lunar, construido de zafiro y cuyo tejado era aguantado por columnas de 21 metros de altura. También se puedo conocer que estos hombres vivían en cabañas, más altas y mejor construidas que las de muchas tribus humanas “salvajes”, y que conocían el fuego.
En el momento que el interés de los lectores había llegado a máximos, el Sun tuvo que informar que desgraciadamente el telescopio de los “milagros” en un descuido se había dejado orientado al Sol y los rayos solares concentrados por las lentes habían quemado un círculo de siete metros y medio en el suelo del observatorio dejándolo inservible.
A pesar del intenso debate público que despertó la historia, el Sun jamás admitió públicamente que todo había sido un engaño. El 16 de Septiembre del 1836, el periódico publicó una columna en la que discutía la posibilidad que la historia fuera mentira, pero no confesó nada. Más bien lo contrario, según decía: “algunos corresponsales no has urgido para que confesemos que todo era una artimaña, pero nosotros no podemos hacer tal cosa, hasta que no tengamos el testimonio de los periódicos ingleses y escoceses para corroborar tal declaración”.

3. Paul Kammerer. Este científico de orígen australiano intentó probar en la década de 1920 la llamada herencia de Lamarckian, es decir, que un organismo puede adquirir una determinada característica adaptativa y luego pasársela a su descendencia.
Para hacerlo, utilizó una especie particular de ranas (Alytes obstetrcians) que se aparean en tierra, a diferencia de la gran mayoría de las ranas que lo hacen en el agua. Estas últimas se caracterizan por desarrollar una especie de chichones en las piernas que les facilitan la tarea. La prueba de Kammerer consistió en encerrar las ranas en el agua, pues según él, desarrollarían chichones al igual que las ranas que se aparean en el agua; y a la vez, se los pasarían a sus crías.
Al parecer, el experimento fue todo un éxito. La comunidad científica aplaudió el descubrimiento con vivo entusiasmo, mientras que las ranas de Kammerer deslumbraban al mundo entero.
Sin embargo, la alegría de Kammerer duró muy poco, ya que en el año 1926 el Doctor G. K. Noble estudió las famosas ranas y descubrió atónito que los chichones negros eran de hecho, una concentración de tinta negra que alguien les había inyectado a los animales. Kammerer siempre negó que el fuese el que inyectase esa tinta a las ranas, hasta que no pudo más y se suicidó unos meses después, dejando una nota en la que confirmaba que él había sido el autor del engaño.

2. Alan Sokal. Este profesor de física de la Universidad de Nueva York envió un artículo pseudocientífico para que se publicase en una revista postmoderna de estudios culturales, la Social Text. Pretendía comprobar que una revista de humanidades "publicará un artículo plagado de sin sentidos, si estos suenan bien y si apoya los prejuicios ideológicos de los editores".
El artículo titulado "Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity" (la transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica) se publicó en el número de primavera/verano de 1996 de Social Text, sin la revisión de ningún físico calificado, anunciándose el mismo día de la publicación en otra revista en la cual trabajaba Sokal que el artículo era un engaño total.
El hecho causó un escándalo académico en la Universidad de Duke, donde se publicaba Social Text. Sokal dijo que su artículo se "apoyaba en las citas más estúpidas que había podido encontrar sobre matemáticas y físicas» hechas por académicos de humanidades".

1. El Hombre de Piltdown. La historia de este engaño comenzó y se basó en unos restos óseos (en concreto un cráneo parcial, un diente suelto y una mandíbula con dientes) descubiertos en Inglaterra en 1912, en Piltdown. Un obrero los encontró en una cantera, y se los entregó al arqueólogo aficionado Charles Dawson, que los presentó, junto con el eminente paleontólogo Smith Woodward (del Museo Británico), en la Sociedad Geológica de Londres. Durante años, se mantuvo el debate sobre el orígen de estos restos, y la prensa dijo que muy probablemente correspondieran al eslabón perdido, denominándolo Eoanthropus dawsonii. Estos restos fueron aceptados por la comunidad científica sin mayores análisis, debido principalmente a que era perfecto e idéntico a la idea de aquella época sobre el eslabón perdido. La idea de esa época era que el eslabón tenía que haber tenido un gran cerebro pero igualmente presentar rasgos simiescos, y posteriormente haber evolucionado a una apariencia humana (idea contraria a la existente ahora).
No obstante, comenzaron a surgir cada vez más dudas sobre la antigüedad y el origen de esos restos. Finalmente, un prestigioso dentista determinó que los dientes de ese esqueleto correspondían a un orangután, el diente suelto a un mono y el cráneo a un ser humano. A partir de esto, los análisis del contenido en flúor de los huesos demostraron que el enterramiento había sido intrusivo, así como que el color oscuro de los huesos se debía a un tratamiento químico, para uniformar las diferencias de color entre la mandíbula (más moderna) y el cráneo (más antiguo). Nadie sabe quién cometió el fraude, y algunos lo atribuyen a los descubridores originales, señalando sobre todo a Dawson, motivado por el hecho de que en las islas británicas no había sido descubierto ningún fósil humano, mientras que en el resto de Europa y fundamentalmente en África sí. Sin embargo, el profesor Douglas dejó a su muerte una cinta magnética en la que señalaba que el autor de la falsificación fue el archifamoso profesor Sollas, que pretendía con ello desprestigiar a su rival Woodward. A pesar del fraude, se ha erigido, por suscripción popular, en el lugar donde se descubrieron los huesos, un monumento honorífico a estos restos.

1 comentario:

Agustin Castillo dijo...

una lista impresionante felicidades--saludos

Publicar un comentario