martes, 8 de marzo de 2011

Las mujeres más poderosas de la historia

Hoy, día 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer, el cual desde hace justamente 100 años conmemora la lucha de la mujer por su participación, en pie de igualdad con el hombre, en la sociedad y en su desarrollo íntegro como persona.
Pues como no podía ser de otra manera, hoy os traemos una lista relacionada con el género femenino, y no es otra que las mujeres que han tenido más poder a nivel mundial de toda la historia, son las siguientes:

10. Leonor de Aquitania. Fue duquesa de Aquitania y Guyena y condesa de Gascuña por derecho propio, así como reina consorte de Francia e Inglaterra.
Nació en la ciudad francesa de Poitiers, en el año 1122 y 15 años más tarde se casó con Luis VII de Francia, futuro Rey francés. Ese mismo año, la pareja ascendió al trono de Francia, a la muerte del rey Luis VI.
Durante su estancia en Antioquía, la relación de la reina con su tío Raimundo de Poitiers, príncipe de la ciudad, dio lugar a toda clase de murmuraciones, que provocaron el alejamiento entre el rey y la reina. Luis obliga a su mujer a volver con él a la fuerza, aunque parten separadamente. En su camino a Francia, se detienen en Roma, donde el Papa trata de reconciliar a la pareja real -el resultado de la gestión papal fue su segunda hija, Alix, futura condesa de Blois, nacida en 1151-. Pero la pareja estaba irremediablemente distanciada: el 21 de marzo de 1152 consiguieron la anulación de su boda, basándose en el parentesco entre ambos. El precio que puso Leonor a esta separación fue la conservación de sus dominios.
El 18 de mayo de 1152 Leonor contrajo matrimonio, en la Catedral de San Andrés de Burdeos, con el que pronto sería Enrique II de Inglaterra, uniendo sus vastos dominios en Francia a los que ya poseía el heredero al trono inglés (dueño de Anjou, Maine y Normandía, aparte de Reino de Inglaterra y Gales). De este modo se formaba el llamado Imperio Angevino, en el cual los reyes de Inglaterra, aun siendo vasallos del rey de Francia, controlaban un territorio ocho veces superior al dominado por Luis VII.
Murió el 1 de abril de 1204 en la Abadía de Fontevrault, a los 82 años de edad, siendo sepultada allí mismo junto a su esposo Enrique y su hijo Ricardo.

9. Hatshepsut. Fue llegó la mujer que más tiempo estuvo en el trono faraónico egipcio de las "Dos Tierras". Hatshepsut se casó con su medio hermano enfermo, Thutmosis II, gobernando entre los dos tras la muerte de su padre, Tutmosis I, en el año 1492 aC. En 1479 aC, Tutmosis II murió y Hatshepsut continuó gobernando sola hasta que murió en 1458 aC.
Hatshepsut dedicó la mayor parte de su reinado a embellecer el país y a restaurar los templos, con el beneplácito de sus aliados los sacerdotes. El centro de acción principal de la reina fue su ciudad, la pujante Tebas. Se implicó en el recinto de las barcas sagradas de Luxor, edificó la llamada Capilla Roja del enorme templo de Amón en Karnak y, de las canteras de Asuán, mandó hacer los obeliscos más grandes que se habían erigido en Egipto hasta entonces, y los llevó a Karnak decorados con electrum, aleación de oro y plata. Se cree que el obelisco inacabado que aún hoy se puede ver en Asuán data del reinado de Hatshepsut, y de haberse acabado habría sido el mayor de toda la historia del país.
En el plano guerrillero, ha pasado a la historia como una gobernante pacífica y que prefirió gastar parte de su tesoro en construir templos en vez de conquistar territorios, pero lo cierto es que hubo al menos seis campañas durante sus 22 años de reinado. Hay que destacar que la mayoría de éstas no pasaron de ser meras escaramuzas o actividades disuasorias cuya única finalidad era disuadir a los siempre belicosos pueblos fronterizos de atacar a las Dos Tierras.

8. María Teresa de Austria. Era hija del emperador Carlos VI, a quien sucedió al morir en 1740. La mayor parte de las monarquías europeas reconocieron esta sucesión y la Pragmática Sanción de 1713 que declaraba indivisibles los territorios de la Casa de Habsburgo; pero no así Federico II de Prusia, que aprovechó la circunstancia para atacar a Austria y arrebatarle Silesia.
La debilidad militar de Austria en aquel momento llevó a intervenir contra ella también a Baviera (cuyo elector, Carlos VII, le arrebató a María Teresa la Corona imperial de Alemania en 1742-45) y una gran coalición formada por Francia, el Palatinado, Sajonia, España y las Dos Sicilias, desencadenando la Guerra de Sucesión Austriaca (1740-48).
María Teresa dirigió hábilmente la guerra, salvaguardando el grueso de sus estados (salvo la anexión prusiana de Silesia) y asegurando la Corona imperial para su esposo, Francisco I (1745-65); con ello consolidó la unidad del Imperio Austriaco y conservó para éste el rango de gran potencia.
Durante los años de paz, María Teresa reorganizó sus reinos introduciendo reformas propias del «despotismo ilustrado»: saneó las finanzas, modernizó el ejército, impulsó las ciencias y las artes, extendió la educación, uniformizó la legislación, limitó la influencia política de la Iglesia, racionalizó la administración y sometió los poderes locales al gobierno central.

7. Teodora. Hija de una familia circense, contrajo matrimonio con Justiniano I y se convirtió en emperatriz en el periodo de máximo esplendor del Imperio bizantino. Sin embargo, su doble condición de actriz circense y de meretriz, impidió en un primer momento el matrimonio con Justiniano hasta que dictó una ley permitiendo el matrimonio entre clases sociales diferentes.
Su valentía y sangre fría fueron un apoyo indispensable para Justiniano I y se dice que ella misma dirigía al general Belisario en las batallas difíciles y que contaba con un gran poder político. Se dice que fue ella, y no un titubeante Justiniano, la que aplastó la rebelión de Niká con gran derramamiento de sangre.
Gran legisladora, se encargó de dictar diversas leyes de corte feminista que protegieron ampliamente los derechos de la mujer, destacando la primera ley del aborto de toda la historia, permitió el matrimonio libre entre distintas clases o razas, permitió que la mujer se pudiese divorciar libremente, y prohibió la prostitución forzosa. Estas leyes eran avanzadísimas para el tiempo del que hablamos, aproximadamente en el año 500, por lo que es evidente que gran parte de los derechos que han llegado hasta nuestros días, nacieron por iniciativa de Teodora.

6. Wu Zetian. Esta mujer ocupó el trono imperial en China desde el año 660 hasta meses antes de su muerten, en el 705. Aunque otras mujeres tuvieron influencia sobre el poder desde la posición de emperatrices consortes o regentes, la Emperatriz Wu fue la única que reinó como soberana, llegando a proclamar su propia dinastía, a la que llamó Zhōu , en un intento de que su reinado evocara el esplendor idealizado de la antigua dinastía Zhou. Esta nueva dinastía interrumpió brevemente la dinastía Tang, que sería restaurada tras su abdicación forzada, meses antes de su muerte.
El que una mujer pretendiera ocupar el puesto de huángdì escandalizó a muchos de los intelectuales de la época, que veían en la subida al trono de una mujer una vulneración de las normas confucianas. La emperatriz Wu intentó acallar estas críticas mediante su patrocinio del budismo, promoviendo interpretaciones de la doctrina budista que daban legitimidad a su reinado.
Su reinado se caracterizó por la promoción del budismo, convertido en religión oficial en 691, lo cual le valió mucho apoyo popular. Además, el budismo se utilizó como elemento de legitimación de su reinado hasta el punto de que un monje afín a la emperatriz (y amante también, según la leyenda) llegó a propugnar la teoría de que el buda Maitreya, el buda del porvenir, era una mujer. Junto a esta política religiosa, la Emperatriz Wu continuó su estilo de gobierno basado en una forma de despotismo brutal, con purgas y persecuciones de aquellos que se mostraban hostiles a su poder. Haciendo uso de su posición, creó un decreto por el cual todos los dignatarios visitantes deberían rendirle sus respetos realizándole un cunnilingus.

5. Isabel La Católica. En 1468, se reconoció a la princesa Isabel como heredera al trono en el pacto de los Toros de Guisando.
Con el objetivo de consolidar su posición política, los consejeros de Isabel la Católica acordaron su boda con el príncipe Fernando, primogénito de Juan II de Aragón, enlace que se celebró en secreto, en Valladolid, el 19 de octubre de 1469. Al año siguiente, molesto por este matrimonio, Enrique IV decidió desheredar a Isabel y rehabilitar en su condición de heredera a Juana, que fue desposada con Alfonso V de Portugal.
La consecuencia fue que, a la muerte del rey, en 1474, un sector de la nobleza proclamó a Isabel soberana de Castilla, mientras que otra facción nobiliaria reconocía a Juana (1475), lo cual significó el inicio de una sangrienta guerra civil.
A pesar de la ayuda del monarca portugués a la Beltraneja, el conflicto sucesorio se decantó a favor de Isabel en 1476, a raíz de la grave derrota infligida a los partidarios de aquélla por el príncipe Fernando de Aragón en la batalla de Toro.
Los combates, sin embargo, se sucedieron en la frontera castellanoportuguesa hasta 1479, en que el tratado de Alcaçobas supuso el definitivo reconocimiento de Isabel como reina de Castilla por parte de Portugal, además de delimitar el área de expansión castellana en la costa atlántica de África. Aquel mismo año, por otra parte, el óbito de Juan II posibilitó el acceso de Fernando II al trono de la Confederación catalanoaragonesa, y la consiguiente unión dinástica de Castilla y la Corona de Aragón.
Las líneas maestras de la política conjunta que desarrollaron Isabel I y Fernando II fueron el afianzamiento y la expansión del poder real, el estímulo de la economía, la conclusión de la reconquista total a los musulmanes del territorio peninsular y el fortalecimiento de la fe católica.
Para consolidar y prestigiar la monarquía, la reina implantó la Santa Hermandad, institución encargada de garantizar la estabilidad del orden público y la administración de justicia (1476), abolió las prerrogativas otorgadas a la nobleza por Enrique IV (1480) y convirtió el Consejo Real en el principal órgano de gobierno del reino, en detrimento de las Cortes.
En el aspecto económico, Isabel la Católica saneó la hacienda pública merced a un estricto sistema fiscal e incentivó el desarrollo de la ganadería ovina y del comercio lanero. Además, supo canalizar la tradición militar y expansiva de Castilla hacia la conquista del reino nazarí de Granada, último bastión islámico en la Península (1492), y la guerra contra los musulmanes norteafricanos, a los que arrebató Melilla (1497). Con todo, el mayor logro de la política exterior isabelina fue, sin duda, la financiación de la expedición que culminaría con el descubrimiento de América por Cristóbal Colón (1492).
En materia religiosa, por último, Isabel la Católica llevó a cabo una profunda reforma eclesiástica con la ayuda del cardenal Cisneros, creó el tribunal de la Inquisión para velar por la ortodoxia católica (1478) y culminó el proceso de unificación religiosa con la expulsión de los judíos (1492) y los mudéjares (1502). A su muerte, acaecida el 26 de noviembre de 1504, el trono castellano pasó a su hija Juana, llamada la Loca, madre del futuro monarca Carlos I de España.

4. Isabel I de Inglaterra. Tras la ejecución de su madre, ANa Bolena en 1536, el Parlamento la declaró ilegítima, pero le restableció sus derechos a la Corona ocho años más tarde, durante el reinado de su hermanastro Eduardo VI. A la muerte de Eduardo subió al trono María Tudor, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, e Isabel fue encarcelada como parte de la campaña desatada contra los protestantes.
Al suceder a María I, se rodeó de consejeros capaces, como Cecil, cuyo ministerio dominó gran parte de su reinado, conocido como la «época isabelina». Rechazó la oferta de matrimonio de Felipe II de España, y permanecería soltera durante toda su vida, lo que le valió sobrenombres como «la reina virgen», en absoluto justificados dadas las prolongadas relaciones que mantuvo con diversos amantes, en especial con los condes de Leicester y de Essex.
Establecido el cuerpo jurídico del orden religioso de su reino, Isabel I de Inglaterra emprendió la persecución tanto de católicos como de calvinistas. Además, para conjurar el peligro que representaban los católicos escoceses, apoyó, por el tratado de Edimburgo de 1560, al Partido Protestante de Escocia, cuya victoria, ocho años más tarde, conllevó la abdicación de María Estuardo, quien buscó refugio al lado de Isabel.
La tensión entre Inglaterra y España alcanzó su punto culminante en 1587, cuando las dos potencias se declararon la guerra. Ese mismo año Isabel I de Inglaterra, no sin reparos, hizo ejecutar a María Estuardo, ante el temor de que sus derechos sucesorios alentaran una conspiración católica. El triunfo de la flota inglesa sobre la Armada Invencible enviada por Felipe II al año siguiente dio a Inglaterra la supremacía marítima. Gracias a esta nueva circunstancia pudo afrontar la difícil situación de Irlanda, sanear las finanzas del reino, impulsar cierto desarrollo industrial y atender con leyes especiales las necesidades de los campesinos pobres.
Durante su reinado, Inglaterra experimentó un notable renacimiento cultural y artístico, cuyos mejores exponentes fueron la proliferación de teatros populares y el altísimo nivel de la producción dramática. Así, en 1576 se construyó el primer teatro público de Londres, al tiempo que se daban a conocer autores de la talla de John Lyly, dramaturgo titular de la corte, Christopher Marlowe, Ben Johnson y William Shakespeare.

3. Emperatriz Cixi. Fue una gobernante china que ejerció el poder efectivo desde el año 1861 hasta su muerte en 1908, habiendo desempeñado entre otros el cargo de regente. Su etapa en el poder coincidió con los años de declive de la dinastía Qing o manchú, la última dinastía imperial china.
Cixi fue concubina del emperador Xianfeng. Tras la muerte de éste en 1861, Cixi y la también emperatriz viuda Ci'an , se convirtieron en monarcas regentes en nombre del hijo de Xianfeng, el emperador Tongzhi , que asumiría el poder imperial al alcanzar la mayoría de edad en 1873. Entre 1861 y 1873, las dos emperatrices regentes, asesoradas por el hermano del emperador fallecido, ejercieron el poder imperial de manera conjunta.
El joven emperador Tongzhi fallecía dos años después de su mayoría de edad y la emperatriz regente Cixi vulneró las normas establecidas de sucesión al nombrar heredero a su sobrino de tres años de edad. Cixi continuó ocupando la regencia junto a Ci'an. Tras la muerte de ésta en 1881, Cixi pasó a ocupar el poder en solitario.
Cuando su sobrino el emperador Guangxu, alcanzó la mayoría de edad, Cixi se retiró, aunque se mantenía informada de los asuntos de Estado debido a que el emperador se caracterizó por ser un pusilánime con tendencia a la depresión incapaz de gobernar adecuadamente, siendo manejado por pensadores de segunda que estaban protegidos por Japón. Después de la derrota china en la Primera Guerra Sino-japonesa (1894-1895), Guangxu llevó a cabo una serie de reformas en el periodo que se conoció como la "reforma de los cien días", guiado por ese grupúsculo de pensadores controlados por Japón. En respuesta a estas reformas, Cixi se alió con los poderes militares y con las fuerzas conservadoras para llevar a cabo un golpe de Estado y hacerse de nuevo con el poder.
Un año después de retomar el poder, la emperatriz regente apoyó a las fuerzas que respaldaban la rebelión de los bóxers, una sublevación de carácter conservador y xenófobo, aunque nunca directamente, pues incluso protegió el barrio de las legaciones en Pekín cuando fue atacado por la secta. El problema radicaba en que la mayor parte de la corte manchú apoyaba o incluso formaba parte de los bóxers. Como represalia, las tropas de las potencias extranjeras capturaron Pekín, tras lo cual Cixi aceptó las condiciones de paz impuestas por las potencias extranjeras, aplicando muchas de las reformas institucionales por las que se había enfrentado a su sobrino el emperador. Aunque su poder efectivo se redujo considerablemente tras las derrotas militares frente a Japón y las potencias occidentales, mantendría el control del Imperio hasta su muerte.

2. Catalina de Rusia. Fue una princesa alemana de la dinastía Anhalt-Zerbst, fue enviada por su familia a Rusia para contraer matrimonio con el gran duque Pedro, nieto de Pedro el Grande. Una vez establecida en San Petersburgo cambió su nombre original, Sofía Augusta, por el de Catalina Alexeievna y entró en la Iglesia Ortodoxa rusa, gesto que se reveló decisivo para su futuro político. Se casó en 1745 con el gran duque, quien accedió al trono ruso en enero de 1762 con el nombre de Pedro III. La desdeñosa actitud de éste ante las tradiciones rusas y, sobre todo, su política iconoclasta y de secularización de bienes le granjearon la enemistad de numerosos sectores, encabezados por la Iglesia y la guardia imperial. Dadas estas circunstancias y el escaso entendimiento de la pareja real, Catalina protagonizó a finales de junio siguiente un golpe de Estado, «para la defensa de la ortodoxia y la gloria de Rusia». Los hermanos Orlov sublevaron los regimientos de la guardia imperial y el zar fue detenido, obligado a abdicar y, poco después, asesinado. El hecho de que este crimen se mantuviera en secreto fue aprovechado por Pugachev, entre 1773 y 1774, para soliviantar a las masas populares en nombre de Pedro III.
Mientras tanto, Catalina tomó la dirección del imperio, dispuesta a transformar profundamente sus estructuras administrativas y productivas de acuerdo con las tendencias que habían de definir el despotismo ilustrado. Impregnada del espíritu iluminista de la época, Catalina mantuvo relaciones poco disimuladas con numerosos amantes, pero supo ganarse el respeto de la mayoría de los gobernantes europeos y de los intelectuales ilustrados de la época, como es el caso de Diderot, uno de sus más próximos consejeros.
Gracias a su influencia, en 1764 la zarina impuso como rey de Polonia a Estanislao Poniatowski, antiguo amante suyo, y algo más tarde logró que las leyes polacas estuviesen bajo su observancia. Dueña de un poder de dudosa legitimidad, Catalina hubo de apoyarse en la aristocracia terrateniente rusa para desarrollar su programa de reformas liberalizadoras y racionalistas. Para ganarse este respaldo, no sólo mantuvo los antiguos privilegios de la nobleza, sino que la dispensó del servicio militar y reforzó su poder sobre los siervos, al conceder a los nobles el derecho a deportarlos a Siberia (1765) e instituir la servidumbre en Ucrania (1783).
Estas concesiones le permitieron, por otro lado, instaurar una serie de medidas liberalizadoras, como la de secularizar los bienes de la Iglesia (1764). Tras vencer en la guerra contra Turquía en el año 1774, emprendió una reforma politicoadministrativa del territorio que consolidó el centralismo autocrático y suprimió la autonomía ucraniana. En política exterior mantuvo una política expansionista, apoderándose de Lituania, la Rusia Blanca –tras los repartos de Polonia de 1772, 1793 y 1795– Crimea y, previa victoria de nuevo sobre Turquía, el territorio situado entre el Dniéster y el Bug.
Durante su reinado, la economía rusa creció considerablemente merced a la gratuidad de gran parte de la mano de obra, a las medidas liberalizadoras del comercio y de la industria y a una política inmigratoria que favoreció la colonización agrícola, especialmente entre Crimea y Kuban, y la fundación de ciudades como Sebastopol y Jerson.
En materia religiosa adoptó una política de tolerancia que terminó con la persecución de los disidentes de la Iglesia Ortodoxa.

1. Reina Victoria. Fue reina del Reino Unido desde la muerte de su tío paterno, Guillermo IV del Reino Unido, el 20 de junio de 1837, hasta su propia muerte el 22 de enero de 1901, y la primera emperatriz de la India desde el 1 de enero de 1877 también hasta su muerte.
Hija de Eduardo, duque de Kent, y de María Luisa de Sajonia-Coburgo, entró en la línea sucesoria al trono al fallecer su padre, en 1819, durante el reinado de Jorge IV. Quedó entonces bajo la tutela de su tío Leopoldo de Bélgica, quien ejerció gran influencia sobre ella. En 1837, a los dieciocho años de edad, heredó de su tío Jorge IV la Corona del Reino Unido, pero no la de Hannover, que se separó de este modo de la británica, ya que excluía a las mujeres de la sucesión, motivo por el cual pasó a su tío Ernesto.
Convencida del valor de la Corona como símbolo de unidad nacional, en un momento en que la monarquía aparecía como una institución frágil y discutida en el Reino Unido, se impuso la tarea de restaurar la imagen de la institución, para lo cual convirtió la respetabilidad en la primera obligación tanto para ella como para la familia real. En 1840 contrajo matrimonio con Alberto de Sajonia-Coburgo, hombre discreto y equilibrado que aportó solidez a su posición y a quien convertiría en 1857 en príncipe consorte. Personaje de talante conservador, influyó en el cambio de simpatías políticas de la reina, que pasaron de los liberales a los conservadores.
Este cambio de imagen encontró un eco favorable en la burguesía británica, que vio en la reina un punto de referencia para su comportamiento social. No obstante sus simpatías hacia los conservadores, en el interior trató de mantener el equilibrio entre las dos fuerzas políticas y, en general, respetó la autoridad emanada del Parlamento y la alternancia de gobiernos, aunque hizo valer sus prerrogativas reales como máxima autoridad de la Iglesia Anglicana e intervino personalmente en el nombramiento de cargos en la armada, la marina y el episcopado.
En cuanto a la política exterior, con la intención de establecer un equilibrio dinástico favorable al Reino Unido e imponer su influencia política en el continente, hizo valer sus lazos familiares con otras casas reinantes de Europa y creó otros nuevos, a través de los enlaces dinásticos de sus nueve hijos, motivo por el cual fue llamada «la abuela de Europa». Muy atenta a la evolución de los asuntos políticos, y convencida del papel activo que correspondía a la monarquía en política exterior, no dudó a la hora de interferir en la gestión de sus gobiernos cuando lo consideró imprescindible. En 1851 exigió y obtuvo la dimisión del primer ministro John Russell por haber aceptado el golpe de Estado de Napoleón III en Francia; tampoco evitó el enfrentamiento con Palmerston, a pesar de su popularidad, ni con Gladstone, a propósito de su política de concesión del autogobierno (Home Rule) a Irlanda.
La muerte de su esposo, en 1861, afectó profundamente a la soberana, quien se desentendió por un tiempo de los asuntos del reino, aunque cuidó de que el príncipe heredero, su hijo Eduardo, siguiera ejerciendo los deberes de la Corona. Su coronación como emperatriz de la India en 1877 constituyó el punto culminante de su largo reinado, de casi sesenta y cuatro años, durante el cual el Reino Unido se convirtió en la mayor potencia colonial del mundo, cuyos dominios comprendían la India, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y numerosos enclaves coloniales en Asia y África.
La prosperidad económica, el desarrollo cultural y la nueva imagen que supo dar a la monarquía, ejemplo de respetabilidad familiar y de puritanismo en las costumbres, caracterizaron lo que se dio en llamar era victoriana. En 1899, el estallido de la guerra de los bóers en África del Sur preludió una época de convulsiones mundiales que acabarían por sacudir los cimientos de su imperio.

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